lunes, 26 de noviembre de 2012

El Autobus 78 (Finalista Concurso Arroz Negro 2012)















Sabía que el rojo no era su color favorito, pero pensó que ningún color sería tan adecuado para su encuentro. Pasó su mano por el sedoso tejido del vestido y recordó cómo él solía tocarla, apenas un pequeño roce de sus yemas al principio, para acabar aprisionando su carne con toda la mano en cuanto notaba su vello erizarse. Ella se dejaba acariciar como si apenas se diera cuenta de la ansiedad de él sobre su piel, pese a que podía sentirla en cada centímetro de sus cuerpo, bajo cada sombra que proyectaban su ganas, en cada húmedo beso que acertaban a darse. Amaba su cuerpo por menudo que fuera, recorría sus rincones con la concienzuda precisión de un cirujano y la sublimaba con la exquisitez de un poeta.

Subió el volumen de la música y se encaminó al baño. Sonaba “Blower´s Daughter” de Damien Rice incesantemente, una y otra vez, la banda sonora de su vida desde que él se marchara. Ella no sabía mucho inglés, pero empatizó al instante con el estribillo de aquella canción: “No puedo apartar mis ojos de ti.” Sólo rechazaba esa última frase de la canción, casi oculta, casi inaudible: “Hasta que encuentre a alguien de nuevo.” Ella no suscribía esa afirmación. No había nadie para ella que no fuera él. La mitad de su alma ya había sido ocupada y no había marcha atrás.

Se miró al espejo y dudó si debía maquillarse. Aunque su mirada siempre agradeció una fina línea oscura que la enmarcase, él siempre amó la sinceridad de su cara lavada, gustaba de admirar sus bellas imperfecciones, descubrir el dibujo que ocultaba la azarosa distribución de sus lunares, cazar el aliento que surgía entre las comillas de su boca. Él era su mejor espejo, y ella la luz que le daba sentido. Resolvió acudir a su encuentro con la misma naturalidad con la que sus entrañas se acompasaron, con la misma facilidad con la que se miraron y sus almas entrelazaron sus dedos.

Decidida a ser aquella de la que él se enamoró, dejó las pinturas sobre el armario que coronaba el lavabo y concluyó que tan solo se cepillaría el pelo. Y lo llevaría suelto, como él siempre le pedía. Cogió el cepillo verde y empezó a alisárselo, mechón a mechón, con cariño, volviendo a encontrarse en el espejo con aquella que pensó que jamás volvería a ver.

“¡Riiiing!”

El teléfono de la sala de estar rompió momentáneamente su íntima resurrección. Dejó que sonara unas cuantas veces como brindando a la paciencia de quién llamaba la oportunidad de dejarla tranquila, pero no cayó esa breva. Bajó la música y dudando de lo que estaba haciendo cogió el auricular:

- Diga…
- Hola Emma, ¿cómo estás hoy cariño? ¿estás mejor?

Era Elena, su mejor amiga. Desde que él la abandonara, ella había estado cuidándola y preocupándose por ella en todo momento. La había sostenido cuando se convirtió en un trapo empapado en lágrimas.

- Hola Elena. Estoy bien, mucho mejor. Gracias. – Dijo con voz luminosa.
- La verdad es que te escucho más animada.

- Sí. Me estoy preparando para salir.

- ¿De veras? Me alegro mucho Emma, no podías pasar más tiempo encerrada, llevas más de un mes sin salir a la calle. ¿A dónde vas?

Emma tenía claro que no le iba a contar que se iba a encontrar con él. Jamás lo entendería, nadie lo haría, de eso estaba segura.

- Voy a encontrarme con un amigo, tomaremos algo.

- ¿Con quién?

Emma hizo una pausa.

- Un antiguo compañero de la facultad que hacía tiempo que no veía.

- ¿Ah si? ¿Lo conozco?

Emma hizo una mueca de disgusto ante la insistencia de su amiga.

- ¿Ves? Por eso no me gusta hablar contigo, porque eres peor que mi madre. ¡Parece esto un tercer grado! – Le respondió con sarcasmo.

Elena rió levemente la ironía.

- Tienes razón. No te quiero interrogar. Pero cuando vuelvas cuéntamelo todo, ¿eh? Qué tal te ha ido…

- Si, no te preocupes. Sabrás cada detalle, pero debo dejarte o si no llegaré tarde, aún he de acabar de prepararme.

Tras una breve despedida en la que Elena le repitió por enésima vez que la quería y que la alegraba verla tan animada, Emma colgó el teléfono y le devolvió a la estancia su perenne melodía. Levantó la mirada y se encontró con su efigie mirándola desde el espejo de la sala de estar, el mismo ante el que se abrazaban y se pasaban pequeños ratos eternos contemplándose, admirando la magnitud y la pureza de su amor. Sin saber porqué, pensó si la volvería a abrazar de esa manera, si la miraría de nuevo con aquel sentir incondicional que a veces incluso la asustaba. Si al unirse sus bocas el mundo desaparecería por completo como siempre lo había hecho. Los nervios se apoderaron de ella mientras visualizaba su reencuentro con él. Nada deseaba más. A decir verdad, era el único deseo que le quedaba, era la única razón que podía hacerle volver a caminar bajo la luz del sol.

Fue hasta su cuarto y apagó la cadena musical. Aquel silencio sepulcral la tensó por dentro. Todos los miedos que acumulaba por aquel encuentro iniciaron su particular aria ahora que los quejidos del cantautor irlandés habían cesado. Pero no había nada que pensar ya. Él la esperaba y ella no faltaría a su encuentro nunca más, lo agarraría del cuello y lo abrazaría para siempre, hasta que la eternidad se cansase de ellos y arrojara la toalla primero.

Abrió el cajón de su mesita de noche y cogió el anillo que le había regalado cuando apenas se estaban conociendo. Él siempre lo tuvo tan claro…, desde el primer momento le dijo que era ella. Eso impactó a Emma, aquella sinceridad, su sorprendente valentía al abrir su corazón y brindárselo a ella, sin recelos ni estrategias. Por eso no entendió que la dejara, que permitiese al destino ser el tercero en discordia. Eso era lo que más le había costado perdonar, que no cumpliese su palabra de estar siempre a su lado.

Se puso el anillo en el dedo anular de su mano izquierda y salió del piso cerrando de golpe. Bajó las escalera hasta la calle tratando de controlar el impetuoso latido de su corazón que no paraba de bombear sangre a medida que se acercaba a la calle, a medida que se acercaba a él. Salió a la avenida y se dejó tocar por el sol que desparramaba su luz sobre la ciudad. Ya era verano y ella ni se había dado cuenta. La gente abarrotaba el asfalto de las calles en una dinámica y vivaracha procesión humana de la que sin embargo, Emma no se sentía partícipe. Sus ojos sólo estaban listos para verlo a él, su cuerpo sentía la frigidez de una catedral vacía por más que estuviera rodeada por el mundo entero y sus cotidianas nimiedades. Ella estaba muerta y sólo él la devolvería a la vida.

Miró a ambos lados de la avenida buscándolo, tratando de averiguar cómo lo alcanzaría, cual sería el billete dorado hasta él.

Tras unos segundos de espera lo vio. El autobús número 78 se acercaba a toda velocidad por el extremo este de la vía. Cientos de veces había esperado ese autobús en la parada que había dos calles más allá, deseosa de abrazarlo nada más bajarse del vehículo, decidida a no desperdiciar un solo segundo, ni un ápice de sus ganas por él. 

Una euforia descontrolada se empezó a apoderar de su ser y la sonrisa se perpetuó en su rostro, como un regalo abierto buscando unos ojos ilusionados, como la de una novia anhelante el día de su boda. Al fin volvería a verlo, y sabía que esta vez jamás se acabaría, nunca volvería a fallar a su encuentro, siempre estarían juntos. Su amor esta vez sería perpetuo.

Viendo al autobús casi llegando a su altura, Emma se acarició de nuevo el vestido y se dirigió a un viandante cualquiera que pasaba por allí:

- ¿Le parece que estoy hermosa? En un momento me encontraré con el amor de mi vida.

El hombre observó el rostro ojeroso y demacrado que camuflaba la todavía palpable belleza de aquella desconocida que se dirigía a él y, desconcertado por la pregunta, respondió gentilmente.

- Está usted preciosa señorita.

Emma, emocionada, agradeció con la mirada las palabras del amable desconocido, y con su sonrisa perpetua y sus lágrimas de alegría se arrojó frente al autobús 78 que atravesaba la avenida a toda velocidad.



Ilustración: Marc Montis

martes, 23 de octubre de 2012

Lo que queda es vivir






Y de qué me sirve la poesía si no puede darme tus ojos
Y cuánto deseo lo que no puedo alcanzar
Y qué haré cuando asuma que no puedo enmendarlo...

Seguir hacia delante…
Y sonreír ante la mala suerte…
Y cubrirse de sueños nuevos…
De otros ojos en otras plazas…
Y poder aprender de lo ya estropeado.

Y qué hace falta para no temer perderte cuando te encuentro
Y cuándo aprenderé a olvidarte cuando ya te he perdido
Y cómo besaré si sólo se besar tus labios

Seguir besando…
Pero no me llega tu sabor…
Seguir buscando…
Y tu boca está en cada beso…
Pero ya no te esconde…


Y qué te ofrezco desde este lado de mi alma
Y cómo te invito a pasar, a perderte conmigo
A encontrarte siendo otra y olvidarte en otros ojos
A recordarte en sueños nuevos
y volver a dormir nuestra noche futura…

Y de qué me sirve la poesía si ya no puedo leerla para ti
Y cuánto cambiaría de lo que no ha de cambiar
Y qué haré cuando entienda que lo que queda es vivir.  





lunes, 15 de octubre de 2012

Aire





Perdí los versos y recogí cenizas.
Destiné mi tiempo a la sonrisa.

Cambié mi andar
aunque no sabía,

que todo el viento del mundo
no lograría ocultar tu brisa...





lunes, 8 de octubre de 2012

Es hora



Es hora o tal vez fue
de quitar el polvo a la voluntad
de mudar el tiempo en su progreso
de minar el presente
de aprenderte a mirar

De llenar las voces huecas,
de arrancar aplausos

Es hora o tal vez fue
de tomar drogas con alma
de enterrar silencios
de desviar miradas
de abrazar la cruz de tu espalda

de comer la carne sin sal
de fumar menos, de besar más
de conocer a quien tratas de hallar
y aprender a llevar la vida como un sombrero

a tener y gastar dinero

Es hora o tal vez fue
de alentar al sosiego y jalear la adrenalina
de rastrear tu hado por las esquinas
de dar patadas al vientre de la protección
de no tener educación
de no firmar sin la condición

de tener tu aliento siempre a mi lado

lunes, 1 de octubre de 2012

Era de los segundos




Adam siempre pensó que ante el error, ante la vergüenza, ante los grandes fallos, el ser humano tiende a reaccionar de dos modos: terminan de explotar toda su podredumbre si dan todo por perdido, o sacan a relucir todo su arrepentimiento en busca de una redención que de entrada es improbable...probablemente porque también lo dan todo por perdido. 

Él era de los segundos. Siempre lo fue. No por convicción, ni por decisión, sino por inevitabilidad, porque siempre tuvo una especial disposición para meterse en situaciones de difícil salida, como si tuviera una especie de apetito por teñir la realidad de un cierto halo novelesco, tirando de aquí y de allá, utilizando los medios que la realidad nos da, para dar a su tibia existencia un nuevo y sorprendente giro argumental. Aunque la mayoría de las veces él planeara estas pinceladas de color en su devenir diario como simples entremeses, de intensa y corta duración, como minúsculos e insignificantes ,aunque placenteros, paréntesis en el camino; y muchas veces las funciones siguieran en cartel más de lo esperado.

Esto no hace referencia a las mujeres o al sexo, o al menos no sólo a eso.

Hace referencia a la habilidad principal de Adam: crear historias. Bueno, eso no sería del todo exacto. Su principal talento sería más bien saber qué tecla tocar de la realidad mundana para convertirla en cotidianidad mágica, en una vida corriente, pero como la vemos a través de la pantalla, o la imaginamos en las páginas de los libros. A veces sólo era el enfoque, a veces había que ser más atrevidos y saltarse un poco la raya. De un modo u otro, la innata capacidad de aquel pequeño Adam para imaginar su vida como una prolongada pieza dramática en la que nada era más que un giro argumental para llegar a nuevas y emocionantes escenas, había dotado de un singular instinto para los guiones a su inminente Adam adulto. 

Aunque como ya apunté, decir que crea historias no es del todo cierto. Adam trabaja como dialoguista y desenterrador, es decir, las productoras le hacen llegar guiones “a valorar”, como dicen ellos, aunque a Adam le gusta más clasificarlos como basura. Simple y llanamente eso. Pero Adam sabe reciclar esa basura. Su porcentaje de guiones “basura” salvados y devueltos a la luz es de un 70%, dato exageradamente alto si supieran a qué se refiere él cuando dice “basura”. Es un mago. Alguna de las películas que se han podido ver este año, y alguna con cierto éxito, eran guiones basura desenterrados y remodelados por él. Evidentemente su nombre nunca figura en los créditos, cosa que eleva considerablemente sus honorarios frente a un guionista común. Ante la imposibilidad de la gloria, él pilló la pasta. O la que le dieron, porque a la práctica fue menos de la que esperaba. Aún así no podía quejarse. Podía vivir de escribir aunque no figurase en ningún sitio, en ninguna cubierta de ningún libro, en ningún crédito de ninguna película. Dice que no es un creador, que es un moldeador. Y que le vale.

En cualquier caso, la realidad en la que estaba inmerso en aquel momento, mientras caminaba por la calle a paso ligero en dirección a su piso, ya estaba bien nutrida de dramatismo y carga novelesca por sí misma. De hecho, la hubiera rebajado si hubiera estado en sus manos, si tan sólo hubiera sido uno de sus guiones. Hubiera hecho desaparecer esa secuencia, la hubiera quemado. Demasiado suspense, demasiado emocional. Demasiado. Pero una vez más, era su vida. Casi deseaba que algunas cosas no hubieran sucedido nunca, y digo casi porque, si bien desconocía hasta que punto la posibilidad de perderlo todo podía hacerle sufrir, sus hallazgos le hacían creer en la posibilidad de pensar que el dolor podía sanar pronto.

Y Adam caminaba a paso continuo, casi monótono, sintiéndose avergonzado y temeroso como un niño, absolutamente vulnerable sin su varita para cambiar las cosas. Ojalá sólo hiciera falta coger papel y pluma y escribir. Tan sólo escribir.




viernes, 28 de septiembre de 2012

Voy contagiando tus pestañas



Sugiriendo,
alzando versos con cuidado
voy contagiando tus pestañas con mi compañía.

Cotizando el silencio,
abriendo espacio en mi pecho
para lograrte alcanzar,
cobijando el celoso deseo
de no dejar que te vayas.

Quiero velar por tu risa
y escribir en la noche tu nombre
para así darle luz.

Tantos hemos sido
que olvidamos encontrarnos,
tantos hemos sido
que olvidamos el que quiere ser.

Y sigo tejiendo tu cuerpo
en la trastienda de mi sonrisa,
mientras recojo con mi mirada
los tesoros que los días
fueron repartiendo por la tuya.

Y así...

...sugiriendo y con cuidado...

...poco a poco...

...te sigo contagiando...








jueves, 27 de septiembre de 2012

Trino






                                Un poema
                                                                       entre un hombre y una mujer
                                                                   

                                Una palabra    
                                                                       entre dos labios                            


                                 Una voz

                                                                       entre los besos